La preocupación por las variantes, también llamadas cepas, del virus que causa la COVID-19 se basa en cómo podría cambiar el virus. Un virus podría mejorar su capacidad de infectar a la gente, diseminarse más rápidamente o hacer que las personas se enfermen aún más.
Cuando un virus infecta a un grupo de personas, el virus se copia a sí mismo. Durante este proceso, el código genético puede cambiar aleatoriamente en cada copia. Estos cambios se conocen como mutaciones.
Aunque algunas mutaciones no tienen ningún efecto sobre el virus,
otras mutaciones pueden causar lo siguiente:
Si una mutación modifica la forma en que actúa un virus sobre un grupo de personas, se denomina variante. Los científicos de todo el mundo siguen los cambios en las variantes del virus que causan la COVID-19.
La variante principal en los Estados Unidos es la ómicron. Esta variante se contagia con mayor facilidad que el virus que causa la COVID-19 y la variante delta. Sin embargo, la variante ómicron parece ocasionar una enfermedad menos grave.
La variante ómicron tiene algunas ramificaciones importantes, también llamadas sublinajes. Juntas, las variantes de ómicron causan casi todas las infecciones por COVID-19 en los Estados Unidos.
Recibir la vacuna contra la COVID-19 previene que la enfermedad sea grave, la necesidad de atención médica hospitalaria debido a la COVID-19 y la muerte por COVID-19. Mantenerse al día con las vacunas más recientes es especialmente importante para las personas que corren más riesgo. Esto incluye a los adultos mayores de 65 años, personas que tienen el sistema inmunitario debilitado, personas embarazadas y personas que tienen afecciones crónicas, como enfermedad cardíaca, enfermedad pulmonar u obesidad.
Los efectos secundarios graves de la vacuna contra la COVID-19 son muy poco frecuentes. Por este motivo, incluso los adultos sanos se benefician de la vacuna contra la COVID-19, ya que reduce el riesgo de tener un cuadro grave de la enfermedad a un nivel similar al de la vacuna contra la gripe.
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