Lala Palomino, de 46 años y gerente de reubicaciones en la Ciudad de México, se enfrentó a una cirugía sumamente difícil. Ella recuerda exactamente lo que le dijo al médico de Mayo Clinic el día antes de la cirugía: "Quiero volver a casa".
Lala tenía un meningioma masivo en el surco olfatorio: el tumor era del tamaño de dos pelotas de tenis y estaba enredado en el lado derecho del cerebro. Los médicos le dijeron que, sin un tratamiento radical, no viviría más de seis meses. Cuando llegó a Mayo Clinic de Arizona en junio de 2002, la cirugía era su mejor alternativa, pese a un 80 por ciento de riesgo de mortalidad y a una alta probabilidad de afectar sus facultades. "El 20 por ciento de posibilidad de supervivencia era mejor que el cero por ciento sin la cirugía. El tumor era tan grande y las esperanzas tan pocas; sin embargo, aquí estoy, y prácticamente no perdí nada", comenta Lala.
Los primeros síntomas fueron sutiles, pero nefastos. Sus familiares y amigos creyeron que se trataba de depresión debido a la separación marital, pero ella no se sentía deprimida sino “sólo somnolienta”.
Cuatro meses después de presentarse los síntomas, Lala empezó a perder la vista y una IRM reveló el tumor. La madre y los hijos ya mayores se comunicaron con el representante de Mayo Clinic en la Ciudad de México. Quince días más tarde, Lala y su madre estuvieron en Arizona entrevistándose con el Dr. Mark K. Lyons, jefe del Departamento de Neurocirugía de Mayo Clinic.
Después de una semana de exámenes y planificación, el Dr. Lyons les explicó que el equipo (con más de 10 especialistas) que atendería a Lala primero realizaría una embolización por catéter para obstruir la provisión de sangre al tumor. Esto implicaba pasar un catéter desde la pierna hacia la arteria carótida en el cuello, para luego introducir el obstáculo.
A las 6 de la mañana del día después de la cirugía abierta de 18 horas, Lala abrió los ojos a mucho mejores probabilidades. Dice que su madre la escuchó discutir con la enfermera respecto a la hora del desayuno, indicio seguro de recuperación.
Sin embargo, aún le esperaban momentos duros. Cinco días después de la operación, Lala pidió calmantes porque de repente sintió un fuerte dolor. Después, todo se hizo borroso mientras los médicos la llevaban de urgencia otra vez al quirófano para reparar un coágulo sanguíneo agudo. A esto, le siguió una tercera cirugía para detener una fuga de líquido cefalorraquídeo.
Lala se sorprendió al verse en el espejo con la cabeza afeitada y grapas quirúrgicas, pero comenta que mejoró “muy bien y muy rápido”, gracias a la brevedad con la que actuaron sus médicos. “Se reunían entre ellos para resolver creativamente los problemas que surgían”.
Después de más de un mes de atención postoperatoria y fisioterapia rigurosa, que incluía recuperar la memoria y el lenguaje, llegó el momento de volver a casa. Lala no quería dejar a su equipo médico en Mayo Clinic, pese a la autorización otorgada por el Dr. Lyon, así que se quedó otros diez días más, sólo por si acaso.
Las ganancias superan ampliamente las pérdidas, dice Lala. Aunque perdió el sentido del olfato, mantuvo su capacidad de hablar español e inglés. Ahora juega tenis, trabaja a medio tiempo y disfruta de su familia. Aún no se ha atrevido a volver a practicar buceo recreativo, pero tampoco lo descarta.
Los neurocirujanos y neurólogos de Mayo Clinic tienen reconocimiento mundial y atienden a más de tres mil pacientes con tumores cerebrales al año. Mayo Clinic es uno de los centros mundiales más grandes para el tratamiento de tumores cerebrales.
Para más información sobre alternativas de tratamiento, visite: www.mayoclinic. org/brain-tumors/index.html.